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LOS PLANETAS – ‘ZONA TEMPORALMENTE AUTÓNOMA’ 2LP

22,00

Los Planetas – Zona Temporalmente Autónoma

“Hay una nave / flotando en el espacio. / Dentro hay un hombre solo / que vuelve de su viaje.” Estas palabras de “Hay una estrella”, uno de los momentos más íntimos del último disco de Los Planetas, hacen pensar en muchas otras canciones del grupo: pero no en héroes en patrulla, sino en superhéroes melancólicos y solitarios como Estela Plateada. En realidad, se concentra en ese giro espacial de retorno el pulso e impulso de una trayectoria de veinticinco años que siempre nos hace recordar esta frase de Linda Singer: “La comunidad no es un signo referencial, sino un llamamiento o un reclamo”. Como las canciones de amor.

Desde el individualismo creativo hasta “la comunidad inconfesable” de Blanchot, los espacios de (y para la) resistencia son clave en la música de Los Planetas, incluso en aquellos discos que parecían más elusivos. He escrito sobre ello en más de una ocasión. Quizá porque he tenido la suerte de ir viviendo los cambios de esta sociedad y su correlato en la música del grupo a lo largo de ese mismo período. Un seguimiento, digamos, en tiempo real, mientras la música comercial ocupaba el espacio antaño destinado a la música popular.

Las Temporary Autonomous Zones de Peter Lamborn Wilson (aka Hakim Bey) que dan título al nuevo disco de Los Planetas son esos espacios temporales que eluden las estructuras formales de control social. El pensamiento sufí y el situacionismo pueden convivir en esos espacios, que ya reclamaba, con otras palabras, la vanguardista rusa Varvara Stepánova en 1924: “Siempre tendrá que haber un espacio para el amor en el seno de la revolución. Y ese espacio será central”. La carta estaba dirigida a su esposo, Aleksandr Ródchenko, el amigo de Maiakowski.

La Zona Temporalmente Autónoma es un lugar al margen del Estado y del Capital donde los valores más trascendentales de nuestra cultura, incluso los más sensibles a la manipulación sentimental, pueden sobrevivir. (“Como han hecho los gitanos con el cante flamenco”, señala Jota.) Catorce canciones, noveno disco. Donde conviven las tesis políticas del amor (“La canción del fin del mundo” o “Reunión en la cumbre” eran himnos políticos) con tantas canciones que podríamos cifrar en una clave: ontología del Sur.

El propio Jota y Guillermo Z del Águila han definido al unísono, en conversación, algunos de los temas del nuevo disco: “Una Cruz A Cuestas” intenta demostrar que el fandango clásico de Manuel Vallejo sigue explicando en nuestros días cómo el peso de la creencia en falsos ídolos puede enturbiar las relaciones humanas. La “Seguiriya de los 107 Faunos” convierte en seguiriya una canción de los argentinos 107 Faunos. (“De Joy Division a Jesus & Mary Chain… La seguiriya cabal de Silverio existía más de un siglo antes.”)

Pero el flamenco está también en lo menos obvio. Resulta ya tan complicado como estéril distinguir rock and roll y flamenco en la música de Los Planetas. Para ellos no son dos mundos diferentes y pasan de uno a otro con libertad absoluta, intercambiando armonías sin distinción. Por ejemplo, “Espíritu Olímpico” interpela al espíritu creador de los dioses y al lema olímpico “más rápido, más alto, más fuerte”, y suena al indie-pop de guitarras del C-86 (a muchos les recuerda a “Mi hermana pequeña”), pero se trata de la trasposición de una melodia flamenca de tangos del Sacromonte a otra escala. “Libertad para el solitario” son unos fandangos interpretados con unos luminosos arreglos: reivindican la libertad como una de las metas más trascendentales del ser humano, por encima de cambiantes e injustas leyes humanas que contradicen a la naturaleza. “Hierro y níquel” transmite la persecución infructuosa de ese amor en el modelo económico actual: lleva el flamenco popular de La Niña de los Peines y de María la Canastera a un lenguaje postpunk.

“La Gitana” está repleta de lisergia de alto octanaje, dibujando una preciosa melodía en un magma de teclados ácidos con un ritmo punzante y claustrofóbico para ilustrar el poema que Aleister Crowley dedicó a una gitana que conoció en su viaje a Granada. Simboliza la importancia de la unión de diferentes culturas por lejanas que sean. Es, sin duda, una de sus mejores canciones. Como lo es también “Islamabad”, la deslumbrante lectura, de ambientación (de nuevo) espacial, que hacen de un tema de Yung Beef, envolvente alegato contra la manipulación integrista de la religión.

“La más desarmada ternura necesita la confesión,” La frase de Foucault nos ha hecho pensar a menudo en los poderes y derrotas de la música popular durante las últimas décadas. ¿Es éste un disco de tesis? Estoy seguro de que lo es, al menos, de síntesis, con todos los músicos en su mejor momento y donde no hace falta elevar la voz de los “mensajes” para decir todas las verdades y hacerlas compartir. Donde la emoción, como en el pasado, no necesita de mercadotecnia. Y con una madurez en la que he pensado varias veces al escuchar los versos de uno de los temas del disco, “Amanecer”, cuya poética es tan de Triana como de cierto San Agustín: “No me puedo arrepentir / de nada de lo que he hecho, / pero no puedo olvidarte: / aún soy joven para eso”. ¿La inspiración? Unos fandangos de Güejar Sierra, el pueblo de la madre de Jota.

Julián Rodríguez

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